Hablaré de Federer, pero verá usted que no…

Mencionaré a Federer, pero el contexto es aplicable al fútbol. La derrota del suizo, me llevó a una reflexión que es necesaria analizar.

Todavía sigue revoloteando en mi cabeza momentos que pudieron ser y no fueron. Momentos rupturistas de la teoría consecuencialista, donde las cosas que pensamos que tendrán una consecuencia no sabemos si pasaran de la misma manera. Es que aun sigue jugando en mi mente el 40-15 de Roger Federer, ese doble match point-cuando iba ganando 8 a 7 en el quinto set- para hacerse con su noveno Wimbledon en el All England.

Escribiendo desde la comodidad hogareña, comprendo que el deporte está configurado por el concepto de que la teoría a la práctica hay un largo trecho, donde el querer no va de la mano del poder. El deportista esta empapado por tensiones, contextos, rivales, toma de decisiones en microsegundos que colocan un margen de riesgo que hay que reducir y que condicionan su porvenir. Todo esto es fácil de explicar, pero duro de digerir. Me imagino a Roger repasando oportunidades, las cosas que podría haber hecho o no, las situaciones que desperdició.

El deporte, especialmente el fútbol, donde lo vendible consolidó el mercado clientelar y consumista, el futbolista debe ser un medio de producción, de ganancia, de obtención de números, de marketing. La felicidad de un logro dura un santiamén, porque al otro día te espera un nuevo desafío, un nuevo reto. No hay tiempo de largos goces, porque a la vuelta de la esquina te espera otro obstáculo en el cual, en el mundo mercantil, no hay tiempo de relax, de desconcentración y calma. Hay que seguir produciendo, trabajando, esforzándose.

En ese mundo productivista, el hilo fino de la victoria y la derrota y la comprensión humanista de que el fútbol es un deporte que esta integrado por protagonistas que están sumergidos en el riesgo y en las vulnerabilidades, el fallo no es una opción, porque perder no genera plusvalía. El jugador de fútbol pasa del olvido al recuerdo o del recuerdo al desasosiego por un gol, un centímetro, una ejecución, una elección. En esta cultura del impacto, la fugacidad es el termómetro de un futbolista en su aparición en las portadas o en su subestimación relegándolo a las catacumbas.

Es en este gran circo, donde el futbolista debe tener una gran fortaleza moral y una gran capacidad de administración de las incertidumbres: la pelota que pega en el palo y se va, decisiones espontaneas que suceden por centímetros, sucesiones de rebotes dentro del área. El fútbol es esto también: un gran capricho que juega con las sensaciones de las personas, sin piedad. Al mismo tiempo, el jugador es catalogado de fracasado, sin importar su trayectoria, como si fuera un producto del día.

De esta manera, la división típica de ganadores y perdedores seria por lo menos injusta en el planteamiento de las cosas. Hay instancias donde hacer esta división termina desgastando al fútbol, ya que el perdedor queda en una situación de inmovilidad, donde las cosas hechas no tienen sentido. Y les puedo decir que eso es relativo, ya que hay derrotas que no poseen recipientes vacíos. Como dijo Djokovic, ante un Federer derrotado: “Roger me inspira”.

LA APUESTA del día

Barcelona y Betis cerrarán la segunda jornada de la Liga Santander. El duelo se jugará a las 21:00 horas en el Camp Nou.

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