River-Boca: del pensamiento foráneo a la “cultura del aguante”.

Lo acontecido en el superclásico, produjo un abordamiento mediático sobre la violencia, que requiere de una lectura más fuerte.

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Cuando uno se entromete dentro del fútbol argentino, uno de los temas que se visualiza sobre la mesa es el de la violencia. Un tópico que está latente y manifestante dentro de nuestro fútbol. Uno trata de relativizar este estado en cuestión. Uno busca mostrar el poder formativo que posee este deporte y busca seducir con lo más valioso que es la educación. La intención es la de dignificar el fútbol y mostrar su lado más sano. Sin embargo, el lado más odioso está a la vuelta de la esquina, con mirada cómplice y al acecho para hacer su aparición.

Lo que aconteció el sábado, antes de que se disputara el partido de vuelta entre River-Boca, forma parte de una cultura futbolística, de una construcción cultural. Desde lo discursivo hasta lo corporal. Lo discursivo abarca cuestiones como la doble moral del periodismo deportivo y nuestra mirada tercermundista sobre el primer mundo. Dentro de lo corporal, radica la “cultura del aguante”, donde aquellos adeptos a esta cultura, forman parte de un sistema moral que delimita lo que esta bien y lo que esta mal, lo posible y lo no posible, lo admitido y lo no admitido. Dentro de ese sistema, lo aceptado es la contienda y el enfrentamiento físico. Aquellos que cumplen con esa demanda, logran prestigio y reconocimiento por parte de los demás adeptos dentro de ese sistema y logran incluirse dentro de un lugar en este mundo globalizado.

Yendo a lo que significa la categoría del “aguante”, hay que resignificar que aquellos que forman parte de esta categoría no son sujetos “inadaptados” como se escucha de varias voces que se sitúan en lugares comunes. Los actores que forman parte de los hechos violentos, son individuos “adaptados” a ciertos valores, a ciertas normas. Esos valores tienen una relación directa con frases como: “hay que aguantársela”, “hay que copar la parada”, “hay que darlo todo por esta camiseta”. Esas expresiones se identifican con cierta construcción identitaria dentro del acto violento, que tiene que ver con el “macho”. El “macho” es aquel que no “arruga”, que es “valiente”, que tiene “coraje”, que “va a al frente hasta las últimas consecuencias”. Al mismo tiempo, el que no entra dentro de esa construcción es apartado. Las mujeres, los homosexuales, son ejemplos de esto.

La no comprensión de estas normas, lleva a que el que emite juicios sobre el acto violento de estos actores sociales, no entienda que la violencia dentro del fútbol no es un acto de simples “loquitos” o seres “irracionales”. Es un hecho que esta inmerso dentro de un proceso de socialización, dentro de un contexto cultural y moral, donde las leyes de funcionamiento que allí se ponen en juego, no son leyes aceptadas por personas que están por fuera de esa cultura. Las personas que se sitúan por fuera, suelen estigmatizar, condenar, enjuiciar, señalar con el dedo. Es ahí, donde la interpretación de la violencia dentro del fútbol, no es analizada desde un sujeto hablado por su cultura y por su lenguaje, y por lo tanto, menos que menos, el entendimiento de lo que implica una organización de un partido de fútbol como fenomeno de masas.

Cabe mencionar que, dentro de nuestro fútbol, el hincha cada vez se siente más importante. Al verse fortalecido, reclama poder. Especialmente en países vendedores como el nuestro. Los jugadores se van a edades muy tempranas y no pueden generar ese sentido de pertenencia dentro del club. Ante la falta de ídolos, el aficionado reclama por su fidelidad que considera que debe ser valorada. El hincha al considerarse cada vez más importante, ya no se refleja en el ídolo futbolístico y comienza a reflejarse en los vándalos a los que se considera “lideres” y “representantes”.

Estos vándalos se han ido constituyendo en los diferentes clubes como grupos organizados, logrando una gran influencia pre, durante y post partido. Apriete a jugadores, amenaza a árbitros si no actúan de manera “deseable”, reventa de entradas, organización de aparcamientos, gestación del capital simbólico, social y económico dentro de los clubes. Hasta resulta absurdo, que el aficionado genuino deba pasar por diversos cacheos, mientras estos grupos organizados entran al estadio con fácil acceso. Estos grupos, denominados barras bravas, se afianzan debido a la presencia de instituciones débiles, que no solo son cómplices del barrabravismo y juegan con sus intereses, sino que lo naturalizan. Y aquellos que intentan combatir y conformar un espacio de lucha contra estos grupos, se ven enmarañados dentro del sistema y de la burocracia.

Además, la impunidad es el sostenimiento dirigencial, de las barras bravas y la violencia. Se suele decir por ahí que la solución radica en la simplicidad de sumar efectivos policiales, de hacer efectivo el procedimiento de la seguridad. Pero la violencia dentro del fútbol requiere de un rastrillaje mucho más profundo, de una lectura mucho mas fuerte. Y bien sabemos, que la represión y los bastones no es la cura de la violencia. Que la violencia no se combate con más violencia.

Desde lo discursivo, el periodismo es otro actor importante. Y no actúan de manera implícita y evidente. Se manifiestan desde el lugar de estar en contra de la violencia, de la falsa indignación. Sin embargo, sus mensajes adocenados son los que construyen un evento deportivo, como el superclásico de la final de la Copa Libertadores, como una identidad más sustancial que superficial. Más real que imaginaria. La violencia es exhibicionista y espera cualquier oportunidad para aparecer. Y los medios son uno de los bastiones para que la violencia encuentre esa oportunidad. Utilizan todo su aparato para jugar con los ánimos de la afición, manejan la pasión transformándola en emoción desmesurada, construyen nuevas formas de entretenimiento donde abunda el conflicto, posiciones extremas, produciendo en la audiencia una actitud malsana. Cómo no va a ver violencia, si hacemos del fútbol un lugar vulgar, vital, chauvinista y excesivamente importante.

Dentro del proceder discursivo, también se sitúa el lugar común de pensar a nuestro país desde lo foráneo. El partido era una puesta en escena para mostrarnos de determinada manera hacía el primer mundo. Se pronunciaron frases como: “¿que pensara el mundo de nosotros?”, “¿Así nos queremos mostrar frente a los demás?”, “esto es lo que somos: bárbaros, violentos, pocos civilizados”. Como si el recibimiento de cierta parcialidad del Liverpool al equipo del Manchester City de Guardiola por los cuartos de final de la Champions League de la temporada 2017, haya sido con alfombra roja. Hay algo de la cultura discursiva apocalíptica, también. “No tenemos remedio”, “tengo ganas de irme del país”, “somos así, no vamos progresar más”, son algunas de las frases que forman parte de esta cultura de la derrota que genera fraccionamiento y desencanto social. Genera el declive de nuestra autoestima social.

Asimismo, pensar que el destino de nuestro país, como país dependiente, semicolonial y europeizado, depende de cómo nos mostramos frente al mundo a través de un partido de fútbol, es no entender que hay cuestiones de mayor envergadura por las cuales no podemos realizarnos como país. Independientemente de un partido de fútbol.

El fútbol fue creado como metáfora de guerra. Donde había un hacha, había una comunidad que encontraba en este deporte un momento afectivo, de interrelación, de pertenencia, de expresión, de picardía y de astucia. Este deporte posee un poder simbólico y de representatividad muy fuerte para el pueblo argentino, como para que el hacha ocupe ese espacio de metáfora.

LA APUESTA del día

Dudelange y Betis se medirán en la sexta jornada de la fase de grupos de la Liga Europa. El duelo se jugará a las 21:00 h en el Josy Barthel

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