PSG: el problema de Sirigu

Salvatore Sirigu dejó de ser jugador para convertirse en portero tras descubrir que sufría asma. Se mantuvo unido al fútbol pese a su enfermedad

“Tienes los ojos como pelotas de sangre”. Sí, me he dopado. Y para mayor impacto, siendo además solo un niño. No puedo negarlo. Sin embargo, dicho comentario no llega en un contexto de locura desatada en una noche de verano adolescente, sino en el barrio francés de Bron (sí, donde nació Benzema). Allí, mi corta pero intensa carrera como futbolista (la que va desde los 4 a los 18 años), padeció una fractura seguramente definitiva. Los síntomas que siempre había ocultado, se iban a convertir en un mal endémico de difícil superación para cualquier deportista. Mis problemas respiratorios, capacidad pulmonar y oxigenación del aire en un proceso deportivo, tocaron su punto de máxima debilidad en aquella Semana Santa de 1996. Había sido llamado para defender a la selección de Castilla La Mancha en un grupo que representaba la comunidad dentro de un torneo de fútbol internacional, pero allí comenzó el declive de lo que hasta ese momento tan solo eran sueños de futbolista. Y todo por ese gigante que me acabaría venciendo. El asma.

Y hablaba de dopaje porque el elemento raíz dentro de la lucha contra esa patología, era la terbutalina, un fármaco del grupo de los agonistas de los receptores adrenérgicos β2 con acciones broncodilatadoras. Enfrascado en lo que yo conocía como Terbasmin, inhalaba cuando la sensación de acoso y asfixia me superaba, reconociendo con el paso del tiempo que esa puede haber sido la angustia más negativa que me tocó atravesar hasta la fecha. Su efecto era casi inmediato pues en apenas 10-15 minutos, aumentaba la respiración, abría los pulmones y multiplicaba la sensación de liberación. Todo provocado por un medicamento lleno de efectos secundarios (temblores, mareos, tremores, dolor de cabeza) que, evidentemente, contiene un componente que en un resultado analítico de control de dopaje, acaba reflejado en un positivo. Probablemente esas mismas sensaciones las pasó un gran número de niños en sus años adolescentes y a todos les sirvió para marcar un nuevo camino. A mí, me acabaría retirando prematuramente para buscar anhelo de fútbol desde el periodismo pero a otros, como Salvatore Sirigu, les descubrió la solución ideal. Si no puedes ser jugador de campo… sé portero.

‘Toto’ (como es conocido en el vestuario del PSG), jamás pensó que sus problemas respiratorios iban a convertirse en un impedimento para aquello que más le gustaba practicar, los disparos de falta. Desde que era pequeño, su cariño al balón pasaba por golpear paredes, buscar rincones donde hacer que la pelota regresara a sus pies y superar obstáculos imaginando barreras humanas en los estadios europeos. Era una de las más firmes promesas del colegio Nuestra Señora de Fátima, en su localidad natal de Nuoro (epicentro clave para todos los sardos, que la sienten como su corazón), donde el pequeño Sirigu comenzó a jugar al fútbol con habilidad en los pies, hasta que en un torneo juvenil, sintió una profunda incomodidad en su pecho. De repente, un bloqueo respiratorio frenó su carrera, impidiéndole mantener el ritmo, parar la actividad y sentir que jamás podría volver a correr como los demás compañeros.

Tras semanas dudando sobre cómo superar el problema y consultando a doctores que le evidenciaron graves problemas asmáticos, el italiano recibió el consejo clave. Su entrenador, mirándole fijamente las manos, cogiéndole con cariño y apoyándole en todo momento, fue tajante: “Tienes manos gigantes, fuertes, de largos dedos y además, eres corpulento. Debes mudarte a la portería si quieres tener posibilidades reales de triunfar en el fútbol”. Aquella noche, conmovido por la teoría de su técnico, regresó al residencial de Siniscola (una pequeña aglomeración de no más de 2.000 personas donde se crio en la provincia de Nuoro) con toda la velocidad que sus debilitados pulmones le permitían. Al contarlo a sus padres, entendió que estos ya habían pensado que por su altura y fuerza, aquello iba a ser la opción más acertada para no apartarlo rotundamente de su cariño por el fútbol. Coincidencia o no, pocos años más tarde, respira profundamente aliviado por haber sobrepasado cualquier previsión, frenando ataques rivales e impidiendo goles en la portería del nuevo millonario europeo, el creciente PSG.

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Pasó por Venecia, fue comprado por el Palermo para ser cedido en varias etapas a Cremonese y Ancona, pero hace cuatro años despegó definitivamente en la mejor campaña del equipo rosado de Sicilia. Progresando conforme su equipo aprovechaba el momento de lucidez institucional que le llevó incluso al liderato de la Serie A, encendió la lista de refuerzos de varios clubes poderosos de Europa, hasta que el gigantesco proyecto parisino le puso en la mesa una oferta irrechazable. Tanto, que una mala administración previa les llevó a fichar como titular ese año a Douchez (llegado del Rennes para ser fijo), pero cuando Leonardo (director deportivo) llegó varios meses después, exigió su fichaje por apenas 4 millones de euros debido a su control sobre el fútbol italiano. Una contratación muy personal que brilla por su rentabilidad, pues el ya internacional absoluto con Italia (con Buffon y De Santics tan veteranos puede incluso acabar siendo el titular Cesare Prandelli en unos años), batió hace meses el récord de imbatibilidad de un mito bajo palos en París, el singular Bernard Lama (mejorando sus 697 minutos sin gol y colocándolo en 949 minutos).

Excéntrico como para debutar en su día con el dorsal 46 en honor a su ídolo Valentino Rossi y con potencial como para ser comparado con el mítico Walter Zenga (otro meta internacional que marcó época por su altura), la portería del Parque de los Príncipes ya tiene su particular personaje para frenar cualquier amenaza. No han podido sus rivales en Ligue 1, tampoco aquellos que por ahora lo han retado en la Champions League e incluso ya piensa en ponerse delante de las grandes estrellas mundiales vestido de corto con la Azzurra. Un gigante felizmente asmático.

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