Champions League: La maldición de octavos se traga al Real Madrid

Publicado el 11 de Marzo de 2010 por Juan menéame Retweet este post

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La previa para este partido de vuelta de los octavos de final de la Champions League era absolutamente fabulosa. Un Bernabéu repleto, al que todavía le duraban las ínfulas del gol postrero de Rafa Van der Vaart ante el Sevilla. Un Real Madrid que llegaba en franca alza hasta esta definición y un más que serio Lyon que, indudablemente, sabía que se le vendría un vendaval encima desde el minuto cero. Para colmo de males, un resultado ajustadísimo que se trajo de Gerland y que debía hacer valer en uno de los máximos templos de la historia del fútbol mundial. Pero también daba vueltas sobre el aire un fantasma, una maldición, un traba mental que le viene impidiendo a los de blanco el progresar en “su” competición desde hace ya años. Paradójicamente, entre tantos millones, estrellas, flashes y glamour futbolero, lo intangible, lo impalpable fue lo que más terminó pesando.

El Bernabéu rabiaba y creía más que nadie en la remontada y su equipo, el Real Madrid, salió a matar a su rival desde el segundo inicial. De hecho, fueron 20 los segundos que transcurrieron hasta que Kaká tuvo su primera oportunidad. Casi que los de Pellegrini salieron a marcar el segundo antes que el primero, pero el inicial lo tuvo ahí, a tiro. Seis minutos habían pasado hasta que Cristiano Ronaldo vulnerara a ese enorme joven portero que es Hugo Lloris y adelantara al Real. La sensación en el mundo entero, ya no en el Bernabéu únicamente, era que la remontada estaba prácticamente conseguida.

Altísimo nivel tuvo el Real Madrid en esa primera mitad ante un Lyon que sintió el impacto inicial y poco a poco se fue recomponiendo como pudo. Ocasiones de gol a montones para los de Pellegrini, siendo la más notoria la que Higuaín dilapidara increíblemente tras haber eludido a Lloris. El “Pipita” es un grande, pero no pudo volver a meterse en el partido tras el clamoroso error en la definición. El primer tiempo se diluía y, emocionalmente, los de blanco habían perdido esa euforia y chispa de los minutos de apertura. El árbitro enseñó el camino a los vestuarios y todos los locales se marcharon al vestuario pensando en que tranquilamente pudieron haber dejado sentenciada la eliminatoria y verse en los cuartos de la Champions League.

Buen movimiento de fichas de Puel, que sabía que habían sobrevivido a la tormenta del comienzo y que ahora las cosas podían llegar a ser diferentes. El Madrid, por su parte, jamás volvió a ser lo que fue en ese primer tiempo. Miedo, falta de ideas, exceso de individualidad, más miedo… Poco a poco, la maldición de los octavos terminó haciéndose corporea en los jugadores vestidos de blanco, que hasta incluso dejaron de creer prácticamente en sí mismos. Y llegó el gol de Pjanic y el ingreso de Raúl y las intentonas a la desesperada y el final del partido. 1-1 enseñaba el marcador del Bernabéu, casi ni creyéndose él mismo lo que estaba viendo.

Demasiado poco caer en esta instancia para tanto dinero que se había invertido en un proyecto que iba en buenas miras. Demasiado poco para un Madrid que aspiraba a jugar la finalísima en su propio estadio. Demasiado injusto sería también decir que los franceses están de regalo en la próxima fase, porque hicieron 135 minutos de alto vuelo en la sumatoria de los 180 que la habían compuesto. A barajar y dar de nuevo.

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